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Querida tía Carmen, por fin estáis juntos

Cuando he estado pensando cómo empezar esta publicación, lo primero que me ha venido a la cabeza, como titular, ha sido: “Morir de amor”, o “Morir por amor”. Pero me he dado  cuenta que eso no sintetiza lo que quiero explicar. “Morir por falta de amor”… No; tampoco. Tú siempre, hasta el final, has estado rodeada de amor, entre otras cosas, porque tú siempre has sido amor. “Morir porque te ha faltado tu amor” ¡Eso sí!

Mi querida tía Carmen… ahora me doy cuenta que poquísimas veces te he llamado tía. Siempre lo he hecho por tu nombre: Carmen. Me gusta mucho ese nombre; tiene personalidad, suena  a mujer; suena a gran mujer.

¡Qué poca importancia te has dado a lo largo de tus 78 años! No tengo ni una sola imagen tuya donde asomara el más mínimo ápice de vanidad, o de presunción, o de postureo, como se dice ahora, y que no es otra cosa que las ganas de protagonismo. “El niño en el bautizo, la novia en la boda…” . Tú jamás has querido figurar la primera en ningún cartel; jamás has querido que tu voz se escuchara más alta que las demás; jamás has querido que tu opinión cerrara una conversación. Al contrario.

Hay una frase que irá asociada a ti para el resto de mis días: “Yo siempre la última”. ¿Te acuerdas?

Cuando nos llamábamos por los cumpleaños, o por Navidad, o por cualquier motivo que supusiera que todos íbamos a ir desfilando por el teléfono, tú siempre lo hacías la última. No porque lo quisieras, sino porque se te iban colando.

El tío Moli, encabeza la conferencia (Logroño/Barcelona), y luego el resto de la familia.

Recuerdo que mamá (¡cuánto te quería!), antes que tú pudieras decir nada, ya se adelantaba entre risas:” ¡Ay, Carmen, pobre, tú siempre la última!”. Y tú te reías, con esa risa maravillosa, natural y contagiosa, y decías: “¿Y que quieres que haga yo?”

Ya sabes que me gusta escribir (me da mucha pena que no hayas llegado a poder leer ninguno de mis libros), y podría llenar hojas y hojas contando cómo eras, lo qué hacías, lo que llegaste a trabajar; como criaste y educaste a Ismael y a Cristina; como cuidaste de tus padres, de tus hermanos, de tus nietos. Como cuidaste de todos. Posiblemente, de la menos cuidaste fue de ti misma. Como en todo… Tú la ultima.

Podría hablar de tu belleza; de esa de la que nunca alardeabas, a pesar de ser una mujer guapísima. De tu elegancia. Hecho por ti, (excelente modista), o comprado,  cualquier cosa que te pusieras te sentaba bien, porque tenías ese porte que no va asociado al dinero o a la clase social, sino al saber estar con el que se nace.

Podría hablar… pero lo que quiero es contar esa historia de amor que marcó tu vida, hasta el último suspiro.

No sé qué años tendrías cuando conociste a mi tío: Carmelo Asensio Alonso… “Moli”. Debías ser una cría que, ni con mucho, llegarías a los veinte años. No sé si fue un amor a primera vista; o si te tuvo que dar mucho la paliza hasta que te arrancó la primera sonrisa, o el primer beso. Y tampoco sé si en aquel momento supiste que iba a ser el hombre de tu vida, para siempre.

Pero, os cogisteis de la mano y ya dejasteis de ser dos para convertiros en uno. Y como uno comenzasteis una nueva vida, llena de ilusiones, de proyectos y, por qué no, de temores, porque la vida es muy larga, y las piedras que van formando el camino no siempre se pueden saltar con facilidad; hay veces que bajo ellas se esconde una traidora y oscura profundidad, que si la pisas, caes al  vacio del que ya nunca saldrás.  

Carmen y Moli; Moli y Carmen. Tanto monta… Siempre juntos. ¿Quién dice que no existe la media naranja? La lástima es que a muchos se nos pasa la vida sin encontrarla, o conformándonos con una media mandarina, porque… algo es algo.

Hubo una fecha fatídica que marcó a todos los que queríamos a Moli. Una fecha que para ti no supuso el final de algo maravilloso, sino el principio del fin de lo que sería tu vida, hasta esta última semana. Se te fue el compañero, y algo, en lo más íntimo de tu corazón, se desconectó.

Si ha habido una frase que nos hemos estado repitiendo todos los que te queríamos (y te seguiremos queriendo), durante estos durísimos días, para reconfortarnos, ha sido: “Ya estará con él. Por fin estarán los dos juntos”.

Mi querida tía Carmen, sé que estás feliz; sé que todos los tuyos te estaban esperando; sé que no tienes sufrimiento, ni angustia porque con todos los de “este lado”, te volverás a encontrar de aquí unos años. Pero, sobre todo, sé que te han vuelto a coger de la mano y que ya nunca más te soltarán.

Y ahora que lo pienso, mamá al verte te habrá dicho: “Carmen, tú la última”.

Un beso muy grande y que tu risa maravillosa vuelva a llenarlo todo.

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