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Mis yayos de la Cruz Roja

Dicen que una de las muchísimas ventajas que tiene el sonreír es que libera un montón de endorfinas (neurotransmisores que se encargan de hacernos sentir bienestar y felicidad, entre otras muchas funciones). (Lo he copiado de Google). Yo puedo dar buena fe de ello, porque cuando el jueves acabo mi sesión de voluntariado, estoy con una energía y una fuerza que me comería el mundo entero. Y ¿por qué?, pues porque he estado una o dos horas sin dejar de sonreír.

Cuando llamo por teléfono a “mis yayos”, lo primero que quiero que reciban de mí es el calor de la sonrisa. Por eso mi: “Hola Pepita, soy Alicia de Cruz Roja”, lo digo con alegría, e intentando transmitir, desde el primer momento, que mi llamada es porque nos preocupamos por ellos, y porque quiero que durante unos minutos sepan que no están solos.

Durante este año largo que llevo en lo que se denomina “Centro de Contacto”, he tenido experiencias para escribir otra novela. Cada persona es un personaje; cada persona lleva detrás una historia, pero cada persona mayor, es historia viva.

e acuerdo que la primera llamada que realicé estaba nerviosa porque no sabía ni lo que me iba a encontrar al otro lado del teléfono, ni si yo sabría cómo mantener una conversación de un par de minutos con un desconocido, y sobre todo, si estaba capacitada para dar respuesta a los problemas que esa persona, quizás, me pudiera plantear.

No recuerdo si fue hombre o mujer quien levantó el auricular; seguramente sería mujer, porque la gran mayoría de mayores, hoy en día, lo son. Ya se sabe, hay más viudas que viudos. Tampoco recuerdo muy bien como fue la conversación, aunque intuyo que rápida. Pero tardé muy pocas llamadas en darme cuenta del valor real de este servicio de la Cruz Roja.

Las personas extrañas y desconocidas a las que interrumpía en su monótona existencia, y me colaba en sus vidas a través de las ondas, tardaron muy poco en hacerme llegar su agradecimiento y su emoción al percibir que, para “alguien”, para una agradable voz femenina, ellos dejaban por unos minutos de ser unos simples números en las estadísticas de esperanza de vida, y se convertían en protagonistas.

Después de cientos de llamadas mi balance, en cuanto a mi experiencia personal es absolutamente positivo, pero en cuanto a la dura realidad que rodea la vejez, es desolador.

La gran mayoría de las personas a las que llamo están solas. Conviven con una soledad, no más o menos digna, o más o menos soportada por la esperanza de una próxima visita de un hijo o de un amigo, si no con una soledad cruel, despiadada, injusta y demoledora.

Madres/padres y abuelas/abuelos, que me justifican, sin por supuesto yo pedirlo, que la ausencia de compañía de los suyos se debe a los tiempos que vivimos. “Bastante tienen los pobres con sus trabajos… Están tan ocupados…”

Durante este año he escuchado testimonios que me han helado la sangre:

“¿Sabes lo que le pido cada noche al Señor cuando me acuesto? No despertarme más”.

Y ante esto, ¿qué dices? Quieres animar a esa persona pero te faltan argumentos con que debatir los suyos: “Soy muy vieja; estoy sola, enferma y cansada. ¿Qué hago ya aquí?

Afortunadamente yo tengo un carácter que intento, con cualquier tontería, arrancar una sonrisa y al final, cuando esa misma persona me dice: “Ya me has alegrado el día”, siento que el mío ha valido la pena.

También hay comentarios en que no puedo evitar directamente la carcajada, porque si hay algo que tienen la mayoría de nuestros mayores es que se ríen de ellos mismos. No tienen filtros, y lo que piensan lo dicen.

Me gusta cuando al escuchar mi voz me llaman ya por ni nombre; o me confiesan que estaban esperando impacientes la llamada; o me preguntan que cómo me encuentro yo y, confundiéndome claramente con otra persona, me preguntan qué tal está mi madre, o mis chiquillos.

Me gusta cuando me explican lo que están haciendo de comer (poquita cosa porque para uno solo…), o me dicen que tengo una voz muy bonita y que parezco una locutora de radio.

Me gusta cuando me cuentan alguna cosa de su juventud, o de su pueblo, al que no han podido olvidar a pesar de llevar toda la vida lejos de él.

Me gusta saber que, durante los poquitos minutos que podemos dedicar a cada uno de ellos, han dejado a un lado todas sus dolencias (que tienen bien clasificadas), y se han olvidado que al colgar el teléfono, nuevamente, la soledad y el silencio volverán a ser sus fieles compañeros.

Mis yayos… Mis queridos yayos de la Cruz Roja.  

2 comentarios en “Mis yayos de la Cruz Roja

  • Joer Alicia, te pintas sola para hacerme llorar. Mi experiencia está relacionada con mis padres, a los cuales les alegraba la existencia una llamada de los de "la medallita", felicitándoles el cumpleaños o simplemente preguntándoles qué tal seguían. Los voluntarios tenéis un valor inmenso. Muchas gracias por vuestro esfuerzo!

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