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Historias de una escalera confinada: 3º 2ª La suegra

Me llamo Antonio Jiménez, con ”j”, que casi todo el mundo lo pone con “g”, no sé por qué.

Soy Toño, para los amigos; Toni, para mis hermanos; Toñín, para mi madre, y nene, para mi mujer.

En este momento tengo una caja de Diazepam de 10 de mg en la mano. Me la recetó mi doctora de la Seguridad Social cuando fui hace tres meses porque en aquella época no podía dormir, por preocupaciones varias, y me despertaba por la mañana, a las seis y media, casi a cuatro patas.

En la otra mano estoy agarrando una botella de whisky. Es un whisky barato y maliiiiiisimo. Nos tocó a Nieves y a mi la Navidad pasada en un “rasca” que hizo la panadería.  Ni acompañándolo con  un litro de café, su maldito sabor a puro alcohol etílico es capaz de disimularse. ¡Pura dinamita! Mira, podríamos utilizarlo ahora para desinfectarnos las manos…

Estoy sentado encima de la tapa del váter, calculando el tiempo en que tardará en hacerme efecto la ingesta de toda la caja de calmantes, con la explosiva bebida.

Espero que me dejen morir en paz, y no empiecen a aporrea la puerta porque quieran entrar a mear, o a cagar.

Ahora están viendo Acacias, la telenovela esa de la uno. Están embobadas con ella, así que me dan 20 minutos de margen.

Ayer, después de la última bronca, y la que hacía el número…ni me acuerdo, desde que empezó este puto confinamiento, salí al balcón, con la sana intención de tirarme por él.

Después de que mis oídos estuvieran a punto de estallar, taladrados por la atiplada voz de mi histérica mujer, y la cazallosa voz de mi suegra, el silencio salió a mi encuentro, acogiéndome en su regazo, y proporcionándome tal alivio, que me dieron ganas de llorar. Era como regresar al claustro materno.

 Por eso me pareció mal romper aquella mágica paz, espachurrándome en la acera. Todo ello iba a provocar un alud de gritos, sirenas de ambulancia, y algún que otro comentario, lanzado desde el cobarde anonimato que proporcionan unos buenos visillos, con la hiriente frase de: “Pero, ¿no le han dicho a este señor que no se puede salir a la calle?”

En el balcón, mirando los edificios de enfrente, y fijándome en sus cerradas ventanas, desde las que se podía vislumbrar un delator hilillo de luz interior, pensé cómo podía acabar con la pesadilla  en la que se había convertido mi vida, desde hacía  unas semanas.

Se me vino a la cabeza el arrojarme al paso de un tren, pero tal y como estaban las cosas, seguramente la policía me pararía antes de llegar a la estación, y ¿qué les decía? ¿Cómo justificaba mi desplazamiento? “Mire agentes, es que llego ya tarde porque me quiero tirar al tren que pasa a las doce y veinte…”. No era serio.

En mi casa todo es eléctrico, por lo que, la cabeza dentro del horno…como que no.

Así que, después de barajar alguna que otra opción, y aun a sabiendas que mi decisión no iba a ser nada original, opté por lo que tenía más a mano.

Esta decisión me pareció la más acertada  porque…, y llegado este momento de intimidad entre ustedes y yo, voy a sincerarme, siempre he sido muy cobarde para el dolor, y por lo que he leído, mezclando estas dos cosas, te quedas dormido como un bendito y, “Aquí paz, y después gloria”.

Lo único por lo que hay que preocuparse es porque no te encuentren antes de que la hayas espichado, porque entonces si que la has jodido, pero bien.

Hostias hasta en el carnet de identidad para que te despiertes; duchas bajo la alcachofa de agua helada para que espabiles, y si ya es tarde para todo eso, lavado de estómago, con lo repugnante y traumático que es….¡Quita, quita!

Y bueno, ustedes ahora me dirán, ¿Por qué un hombre relativamente joven como yo, en principio, sano, sin excesivos problemas, quiere quitarse de en medio? La razón es muy sencilla: por mi suegra.

Lo siento, sé que es un tópico, que suena a chiste, que muchas son buenas….Todo eso lo sé, pero  es que a mi me ha tocado la mala. Es como cuando te comes el único pimiento  del padrón que te deja la boca escupiendo lava, ante las risas de los demás que se han comido un simple pimientillo verde. O como cuando te toca a ti esa única almendra amagar que no sabes como escupirla sin que nadie se de cuenta.

El noventa por ciento de las suegras, dicen que son mujeres amables, que no se meten en la vida de sus hijos; que permanecen siempre al margen…. Pero de ese diez por ciento restante, a mi me ha tocado la capitana generala, porque ya no había más escalafones que escalar.

Desde el primer día; desde antes de conocernos; yo creo que desde antes de que yo naciera, esta señora me cogió ojeriza. Siempre me miró con desprecio y con aire de perdonavidas. Siempre, pegase o no, sacando a colación el antiguo novio que tuvo Nieves…¡Qué majo era, y qué buena carrera ha hecho. Ahora está en la Junta de una gran empresa (del Ibex, apostillaba cuando su hija se lo soplaba por lo bajini), y gana…¡Uff!, una millonada.

Nunca le caí bien, pero es que ella a mí se me torció desde el primer instante en que me la enseñó Nieves en una fotografía. Una mujer pequeña, enjuta, negra toda ella, con mirada que aparentaba amabilidad, supongo que porque le habrían dicho: “Sonría, por favor”, pero que escondía un carácter retorcido y mezquino.

Siempre buscando la confrontación; siempre pinchando a su hija para enemistarla conmigo; siempre inventándose historias en las que yo salía muy mal parado, y que al final su hija, totalmente dominada por ella, acababa, si no creyéndolas, si poniéndolas en solfa. “Si mamá me lo ha dicho…”

Una suegra recordándole continuamente a su hija que las carencias económicas que tenía era por haber elegido mal (“Si te hubieras casado con el del Ibex”).

Tener a mi suegra en casa, ya no es tener al enemigo dentro de sus cuatro paredes, es estar esperando, de un momento a otro, que el pelotón de fusilamiento de la orden: “Fuego”.

Maldita la hora en que hace tres semanas mi mujer me informó de que su mamá iba a venir, solo por cuatro  días, a vivir con nosotros. Solo cuatro días; los que tardasen en hacerle nueva la cocina. Por fin se había decidido, después de más de ocho años, (desde que murió papá). Solo cuatro días en que nos arreglaríamos muy bien. Ella dormiría en el sofá plegable del comedor, tan ricamente.

Nuestro piso, de 66 metros cuadrados, y con un solo baño, por cuatro días podría, perfectamente, ser compartido con una persona más, y si esa persona era mamá

Una persona que se acostaba, sí o sí, a las diez y media, máximo, y como una juerga casi orgiástica, a las once. Naturalmente, en el piso solo hay un televisor y, como era de esperar, está ubicada en el comedor, justo enfrente del sofá.

Cuando hace tres semanas ya se veía venir lo que nos iba a caer encima, le comenté a Nieves que su madre tendría que volver a su casa. ¿Dónde iba a estar mejor? Pero, casualidades de la vida, o que el destino me la tenía jurada, los obreros habían parado todos los trabajos hasta recibir órdenes de sus sindicatos. “Seguramente en unos días volveremos a acabarle la cocina, señora…”

Después de más de dos semanas de confinamiento me encuentro con esta situación; pónganse en mi lugar, y juzguen, ustedes mismos:

El comedor/salón, convertido en el “centro de operaciones”, con la televisión encendida, todo el santo día, saltando como una loca de un canal a otro para ver desde dónde se informa de más muertos y más infectados.

El respiradero que yo tenía, que era la pequeña habitación (de la plancha) al lado del dormitorio, se ha convertido en el despacho de mi mujer porque, como es maestra, tiene que preparar las clases online, con lo que el único ordenador decente, ya no puedo utilizarlo.

Y yo tengo que conformarme con quedarme en mi habitación, sentarme en la cama, y mirar whatssap’s.  Toda la enorme oferta de ocio, gratuita, cuando quiero instalármela en el móvil, o acceder a ella, me dice que no tengo capacidad, porque, esa es otra, pensaba habérmelo cambiado pero Nieves me dijo: “Espérate al mes que viene que es tu cumpleaños, y te compras una chulo…”

Yo trabajaba, hasta hace unos días en una zapatería de un centro comercial, era el encargado jefe.  “Ya ves tú, todo el día oliendo los pies de la gente” Mi suegra… Como es lógico, ya no voy a trabajar, no puedo vender zapatos desde casa.

En fin, queridos amigos, que hasta aquí he llegado. No voy a poder resistir dos semanas más, soportando esta presión. Y si solo fueran dos semanas…. Nieves ya le ha dicho a su madre que hasta que toda España no esté en la calle cantando y bailando y dándose abrazos, ella no sale de casa. Pues si ella no sale, tendré que salir yo. Y como no tengo adónde ir…

Adiós a todos. Adiós mundo cruel. Adiós puto virus de los cojones que me has destrozado la vida. Adiooooooos.

-Antonio, ¿estas ahí? Abre que tengo que entrar. ¡Antonio! ¡Venga, abre que va a empezar la novela. Nieves, dile al oportuno de tu marido que me deje el baño libre, tengo una necesidad.

-Voy, mamá. Nene, abre que mamá tiene que entrar. Neneeeeeeeeee.

3 comentarios en “Historias de una escalera confinada: 3º 2ª La suegra

  • Jajaja que graciós illa, que exagerada las familias no son así, jajajaja.
    Pobre hombre que mal lo está pasando, en fin en el fondo hay algo de verdad en ello, eso de confinarte con la família y en un piso pequeño no mola nada, hay que mentalizarse y compartir espacios y créeme es difícil. En fin espero que la señora abra la puerta del lavabo a tiempo porque si no Antonio no sabrá cuándo acaba el confinamiento 🤔

  • Alicia, aunque algo exagerado y con ese fondo tragico, todos sabemos que la convivencia en confinamiento es dura, pero con buena voluntad se puede llegar a buen puerto.
    No dejas de sorprenderme, tu inspiración va en aumento. Sigue así y no pares nunca.
    Un beso enorme y un guau desde el confinamiento.
    ¿Y que pasa cuando está sólo una persona confinada? Es sólo una idea…

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