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Historias de una escalera confinada: 2º 3ª ¿Estás bien?

Me llamo…, prefiero no dar ningún dato mío, por si acaso.

Todavía recuerdo aquel día de enero, cuando se empezaba a hablar de China, y de un virus, y de muertos y, sobre todo, de gente que se tenía que quedar, obligatoriamente, en sus casas, sin salir para nada. Un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando…él, me dijo: ¿Te imaginas que esto pasara aquí? Todo el día, juntitos. Qué bien, ¿eh, churri?

¡Churri! Siempre he odiado esa palabra. Quizás en otra boca pudiera sonar graciosa, o hasta cariñosa, pero en la suya… Todo lo que salía por ella era ofensivo, humillante y dañino. ¡Todo! Hasta sus silencios hacían daño.

La calle y el trabajo eran mis únicos ratos de libertad. En el momento en que salía por el portal, y me mezclaba con la gente que iba y venía, sumergidos en sus propios mundos de prisas y ansiedades, me sentía feliz. Me gustaba dejarme arrastrar por la marea; pertenecer a un colectivo; ser una más…no una menos.

Cuando abría la puerta de mi casa, toda yo empequeñecía; me volvía frágil, como una muñeca de porcelana que, al menor golpe, se parte en mil pedazos. El corazón comenzaba un galope arrítmico, y el miedo se apoderaba de cada milímetro de mi cuerpo.

El día en que la hija de la señora que cuidaba me dijo, por teléfono, que hasta nuevo aviso no volviera, que ya me haría una transferencia, pagándome todo el mes, aunque solo me correspondiera la mitad, creí morir.

Desgraciadamente ese día él estaba en casa, y escuchó la conversación, así que mi confinamiento, no tenía escapatoria.

“A partir de hoy, churri, te quedas aquí. Yo iré a comprar,  a bajar la basura y a lo que haga falta. Como puedes comprender, no voy a estar todo el día metido entre estas cuatro paredes. Así tú aprovechas para hacer una buena limpieza de la casa, que la tienes muy abandonada. Fregarás mucho en otras, pero lo que es en esta…¡Ya tienes entretenimiento!”

Desde aquel día solo salí dos veces, porque se me había olvidado apuntarle unas cosas en la lista. El primero ni se enteró porque, cuando regresó a casa, yo ya estaba en la cocina, pero el segundo… Había cola en la pollería, y como teníamos que entrar de uno en uno, perdí mucho tiempo.

¿Para qué contar lo que ocurrió? Aquella no fue especial; fue, una de tantas.  Quizás con más saña que otras veces, porque le había desobedecido, pero me dio la sensación que duró menos. A lo mejor, sabiendo que todos los vecinos estaban en sus casas, no quería que lo oyeran, ni a él, ni a mis sollozos.

El único momento del día que yo esperaba, como el preso espera el instante en que las puertas de la prisión se queden atrás, era el de las ocho de la tarde: Los aplausos.

Puntualmente; cada día en cuanto se empezaban a escuchar las primeras palmadas me gritaba: “Churri” y salíamos a la ventana.

Mi calle es estrecha, y he de confesar que hasta entonces ni me había fijado en los vecinos de enfrente. Pero, de salir cada día, ya nos íbamos poniendo cara. Él saludaba con la mano a todos; aplaudía, igual que lo haría un orangután, y se desgañitaba destrozando el «Resistiré», que hacían sonar a toda potencia desde algún balcón.

Me di cuenta que una chica, de unos treinta años, siempre me miraba, como analizándome. Pero era una mirada amable, casi diría que una mirada de ternura.

Estuve tres días sin poder asomarme a la ventaba; los signos en mi cara eran demasiado evidentes y, aunque a él no le importó, y hasta me dijo que era una estúpida presumida por no querer que me vieran con la mejilla un “poco” amoratada, yo preferí quedarme dentro.

Cuando salí, después de haberme puesto un poco de maquillaje, noté más que nunca la mirada de esa chica. Ya no era una mirada amable, sino interrogadora. Lo observaba continuamente a él, y luego a mí. En el instante en que nuestras miradas se encontraron, yo bajé los ojos; unas terribles ganas de llorar me atenazaban la garganta.

Él entró un momento al comedor porque sonó su móvil, y la chica de enfrente aprovechó para hacerme solo dos gestos. Me señaló con el dedo índice, y levantó el dedo pulgar.  “¿Estás bien?”

Pude no contestarle; pude hacer un gesto afirmativo con la cabeza; pude mirar para otro sitio; pude apartarme de la ventana, pude…pero esa mujer desesperada que llevaba dentro, me obligó a mover la cabeza para los lados. La chica de enfrente simplemente desvió su mirada hacia la figura que volvía a aparecer por la ventana, y regresó a mí, levantando las cejas: “¿Por él?” La mujer desesperada, casi imperceptiblemente, afirmó con la cabeza.

Al cabo de una semana, una noche, una de tantas en las que el alcohol abre la puerta de la bestia, por …ya ni recuerdo el motivo,  comenzó a gritarme y a insultarme. Aquella noche vi en sus ojos un odio extraño, alimentado por tantos días de reclusión, y me encerré en la habitación.

Golpeó la puerta con tanta furia, que atravesó con su puño la madera. Me acordé de aquella escena del Resplandor, que cada vez que la ponían por la televisión me obligaba a verla, porque era buenísima.

No sé si estaba asustada o no, porque lo que estaba era convencida que en cuanto entrara en la habitación, me mataría. Nunca lo había visto tan claro. Me despedí mentalmente de mis padres; de mis hermanos, y de ese hijo que jamás llegó a nacer porque Dios, en su infinita sabiduría, no había permitido que semejante monstruo me lo engendrara.

De una patada echó la puerta abajo. Sus ojos de borracho estaban inyectados en sangre. No llevaba ningún cuchillo, ni ningún palo, ¿para qué?  Con la fuerza de sus manos y sus pies tenía bastante.

Le pedí por favor que me dejara marchar. “No puedes salir de esta puta casa. ¿Aun no te has enterado, zorra asquerosa…?

Me arrinconó al lado del armario, donde me quedé echa un ovillo, en el suelo. Me levantó y me tiró contra el espejo  que cubría una de sus puertas. Me cogió por el cuello, y pegando su cara a la mía, continuó insultándome y escupiéndome, con cada palabra. Su aliento era repulsivo. Noté como la cara me abrasaba, después de las primeras bofetadas, y toda la habitación empezaba a dar vueltas. Caí al suelo y me retorcí ante la embestida de sus deportivas. Me volvió a levantar y me lanzó encima de la cama; caí boca abajo, y pude ver como la colcha se llenaba de sangre que salía a borbotones de mi nariz.

Cuando sus sucias manos intentaban bajarme el pantalón, mientras, enloquecido, continuaba gritando, unos violentos golpes en la puerta de entrada hicieron que parara.

“Abran, somos la policía. Abran por favor”.

Puta asquerosa, les has llamado, me dijo tirándome al suelo y volviendo a  patearme.

“Abran. Somos la policía”.

No le quedó más remedio que hacerlo. Su lamentable estado de embriaguez; sus ojos desorbitados; su camiseta manchada con la sangre de mi nariz, y su violenta reacción al verse acorralado, me salvaron la vida. No; no es verdad. Fueron los vecinos de mi edificio que, alertados por la chica de enfrente, de que estuvieran atentos a cualquier ruido para llamar a la policía, porque yo estaba conviviendo con un maltratador, quienes me salvaron la vida.

Tardé cinco días en volver a salir a la ventana, y jamás podré expresar lo que sentí cuando, todos aquellos vecinos, al verme, se volvieron hacia mí, dirigiéndome sus aplausos, y dedicándome la mejor de sus sonrisas.

Y jamás olvidaré las lágrimas que brotaron, aliviadas, de los ojos de la chica de enfrente, que solo tuvo fuerzas para levantar los dos dedos pulgares. ¡Todo bien!

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