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Historias de una escalera confinada: 2º 1ª El amante

Me llamo Julia Garrido y necesito hablar con alguien; vaciarme; liberarme, aunque sea con un desconocido, de esta terrible batalla que está librando mi corazón.

Cuando Daniel se acerca a mí, me sonríe; me saluda con el codo, y me pregunta, con esa voz de niño que siempre le sale cuando tiene miedo o está preocupado: “¿Estás bien, cariño?”, me destroza.

Al ver en su mirada todo ese amor, que a él no se le ha acabado, y el brillo de sus ojos me confiesa que sigue queriéndome como el primer día, me siento la mujer más ruin del mundo.

Cómo me gustaría poder calmar su angustia, y confirmarle que estoy bien, y feliz de que nos haya pillado esta pandemia estando en casa, los dos juntitos y solos.

Me gustaría poder abrazarlo, llenarle de maternales besos; acurrucarlo en mi pecho y decirle que no se preocupe por nada, que todo va a salir bien. Pero no puedo hacerlo.

No cuando, si este maldito bicho no hubiera entrado, arrasando, en nuestras vidas, hoy, dos de abril, debería estar muy lejos de aquí, con otro hombre. Quién sabe si en este mismo instante, devorándonos el uno al otro, haciendo el amor… follando, como si no hubiera un mañana.

La primera semana de abril, justo antes de Semana Santa, le comenté que tenía planeado, si a él no le importaba, (qué falsa), marcharme cuatro días a Granada. Una ex compañera del colegio, que tenía una casa preciosa, metida poco menos que en la mismísima Alhambra, llevaba años invitándome a visitarla, y por fin había encontrado el momento. “Vente, si quieres, cariño…” “No puedo, qué más quisiera. Si el Jueves Santo queremos estar ya en Valencia, con mi hermano, tengo que dejar todos los temas cerrados en el despacho. Además, tendréis muchas cosas de las que hablar, después de tanto tiempo sin veros…”

Yo “tenía” a una ex compañera de colegio, ¿y Andrés? No me lo quiso decir.

Días y noches soñando con ese encuentro; lejos de todo y de todos; sin horarios; sin prisas; sin nervios. Cuatro días para afianzar nuestra relación, y quizás, para ayudarnos a dar el paso definitivo.

Ahora me siento prisionera de mis propios sentimientos. No puedo dejar de pensar en él ni un solo segundo. Me torturo una y otra vez recordando sus besos, sus caricias, y su aroma, hasta que mi húmedo sexo me pide a gritos ser aliviado.

Me ahogo en esta casa; me ahogo en la mentira y en la farsa en la que se está convirtiendo mi vida.

Quiero encontrar el valor para confesarle a Daniel que ya no le quiero; que solo me inspira ternura y pena. Que no quiero dejar morir mi juventud entre unas sábanas que solo enfrían mi cuerpo.

Necesito salir de esta casa, que ya no es mi hogar, y correr y correr hasta encontrarme con quien ha vuelto a encender la llama de mi antorcha extinguida.

Hoy no me ha mandado ningún mensaje, ni ayer tampoco. Posiblemente no querrá que su mujer pueda verlos; por eso me dijo que yo no le enviara tampoco ninguno, y que, por supuesto, no le llamara por  teléfono. Solo lo hice una vez porque necesitaba escuchar su voz. Me colgó.

Esta madrugada, los crueles fantasmas de la noche, esos que cobardemente desaparecen con el alba, me han estado martirizando, sin piedad. Rodeándome en la cama me han susurrado al oído…”Se acabó. Vuelve a la realidad. Olvídalo, como él te ha olvidado a ti.”

Y entonces me he girado despacio hacia Daniel, he observado como dormía plácidamente, y he creído ver que, a la vez que esgrimía una leve sonrisa, una lágrima descendía victoriosa por su rostro.

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