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Cuestión de respeto

Ilusa de mí; apostante por el buen hacer de la raza humana, pensaba que este año iba a ser diferente. Cada Semana Santa me cojo un berrinche. Ya sé que debería haberlo superado y que, a mis años, esas cosas tendrían que resbalarme, pero…no puedo evitarlo.

Pensaba que este año, en el que todos estamos más sensibilizados; en el que, absolutamente todos, estamos metidos dentro del mismo barco; padeciendo los mismos miedos, y anhelando las mismas caricias, aprenderíamos a respetar los credos, o las costumbres de los demás.

¿Por qué todo lo relacionado con la religión católica (por supuesto, con las otras nadie se atreve), produce esa especie de urticaria, cuya picazón solo se alivia a base de mofas, de críticas y de menosprecios?

¿Por qué hay que presumir de no creer en nada? ¿Por qué hay que ridiculizar al que sí cree? ¿Quién es mejor que quien? ¿Por qué hay que tachar de beatos, meapilas, fachas o santurrones, a quienes se emocionan al paso de una procesión?

Si tuviéramos un poquito, solo un poquito, de cultura; si el aborregamiento nos dejara ver más allá; si nos permitiéramos a nosotros mismos, el abrirnos ante nuevas experiencias, podríamos apreciar y disfrutar de las obras de arte que, cada Semana Santa, tenemos la inmensa suerte de ver cómo recorren la gran mayoría de nuestras ciudades.

Un abrazo a todas aquellas personas a las que los ojos se les sigue llenando de lágrimas, ante una marcha; una saeta, o un silencio. Mi cariño más grande a todos los hermanos y hermanas de las Cofradías, que ahora tendrían que estar llenando las calles de toda España, custodiando a sus veneradas imágenes.

Y mi admiración a todos aquellos que, en este difícil momento, encuentran el alivio para sus males, apoyándose en sus creencias.

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