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Cuando la gente mayor nos parecía «tan mayor»…

El domingo me dio por abrir uno de los cajones con recuerdos familiares que tengo en casa. Estos cajones son especiales. Están ahí; te van llamando, de vez en cuando, pero nunca encuentras el momento de hacerles caso, hasta que sin saber por qué,  sientes la necesidad de volver a conectarte con quienes, generalmente, ya no están. Me quedé atrapada toda la tarde.

Se me hizo de noche leyendo las postales que le mandaban a mi abuela, (hace más de un siglo), sus amigas, sus padres y sus hermanos, para felicitarla por su cumpleaños, o simplemente para decirle que la querían.

Postales de su adolescencia, y también de sus primeros años de casada. Postales escritas con la nostalgia de no tenerla cerca; a pesar de que ella seguía viviendo en Barcelona. Pero, como era natural, fuera ya del nido.

Dos álbumes llenos de postales que parecían recién sacadas de la imprenta. Con los colores, sin haber perdido un ápice de su luminosidad. Postales de colección; postales que iban indicando el caminar del tiempo.

Y si bonitas eran sus imágenes, al darles la vuelta, sus mensajes se me agarraron al corazón. A veces me llegué a sentir como una intrusa, penetrando en un mundo privado e íntimo. La mayoría de los mensajes eran escuetos y sencillos: “Tu mamá que te quiere”. “Tu hermano que  no te olvida”. Pero había otros que consiguieron que unas lágrimas de añoranza corrieran por mis mejillas.

¡Cuánto me hubiera gustado poder conocer, de verdad, a mis abuelos! Cuando estaban llenos de vida y de ilusiones. Cuando las  preocupaciones todavía no habían llegado para quedarse con ellos, bien agarradas, hasta sus últimos días.

En ese cajón de recuerdos, empecé a ver también los recordatorios de diferentes fallecimientos, y ahí es cuando se me rompieron todos los esquemas.

Algunos eran de personas que habían muerto cuando yo era pequeña, y que siempre había estado convencida que lo habían hecho con ochenta años. Al leer su pequeña necrológica, y fijarme en la edad que indicaba, aluciné. Muchos habían muerto, tan solo, con diez años más de los que yo tengo ahora, o incluso menos.

¿Cómo era posible que aquel tío, o amigo de la familia, que me daba pellizcos en la cara cada vez que me veía, o aquel médico que venía a casa cuando estaba con un buen catarro, y a quien tanto temía porque siempre acababa por recetarme las temidas inyecciones,  tuviera en aquel  momento cincuenta y pico de años? Si eran personas súper, súper mayores…

Y aunque dicen que solamente hay una respuesta para cada pregunta, yo creo que para esta hay dos: Ellos no eran tan mayores, y yo ya no soy tan joven.

Nos queremos convencer que los tiempos han cambiado; que ahora una persona de setenta años está casi en la flor de la vida; que nosotros no aparentamos, ni con mucho, la edad que tenemos, etc, etc, etc. Pero ¿es verdad?

¿Cómo nos ve la juventud? ¿Cómo nos ve esa chica (por supuesto, no española) que se levanta en el metro para cedernos su asiento? ¿Cómo nos ve ese chavalillo que nos da con la pelota en pierna, y nos dice: “Perdone, señora” (seguramente tampoco será español)?

Es gracioso empeñarnos en pensar que por nosotros no pasa el tiempo, y sin embargo, cuando nos encontramos con un conocido, al que no vemos desde hace años, enseguida nos damos cuenta que, para él, no es que haya pasado, es que lo ha arrasado.

“Estás igual……” ¡Venga, ya! No. No estamos igual. ¡Afortunadamente! No hay nada mejor que ir cumpliendo años, e ir amoldándonos, con alegría, y con elegancia, a las nuevas etapas de la vida.

Es ridículo agarrarnos a lo que fuimos, y querer seguir viviendo como si el tiempo no hubiera pasado.  No hay nada más patético que quien se  niega a soltarse de la juventud. Y no hay nada más tierno que esa pregunta de los abuelos: “¿Sabes cuantos años tengo ya…?” Y tú sonríes, le dices bastantes menos de los que crees que tiene, y su cara se ilumina al confirmarte que tiene muchos, muchos más.

¡El tiempo! El que todo lo cura. El que a todos pone en su lugar.

De repente me siento mayor, pero no me importa. No creo que todo tiempo pasado fuera mejor. Mi tiempo es este momento; el que estoy con todos vosotros hablando de las postales de mi abuela.

btr

Un pensamiento en “Cuando la gente mayor nos parecía «tan mayor»…

  • Buenas, que nostálgica te has puesto Alicia, es lo que tiene ver cosas antiguas pero valiosas. Como dice el poeta:

    Todo pasa y todo queda,
    pero lo nuestro es pasar,
    pasar haciendo caminos…

    Estamos de paso y lo importante es saber quien somos y como somos, para poder mejorar y dejar un legado que como tú has visto, te ha hecho recordar y hasta sacar una lagrimita y una sonrisa.

    Recordar es importante, pero siempre mirando el presente. Un beso grande.

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